REFLEXIONES

                                                          

EVANGELIO DE MATEO:  17:1-9

La escena de la transfiguración que nos relatan los evangelios es también un símbolo de esas otras muchas experiencias de transfiguración que todos experimentamos. La vida diaria se vuelve gris, monótona, cansada, y nos deja desanimados, sin fuerzas para caminata ese momento. La realidad es la misma, pero nos aparece transfigurada, con otra figura, mostrando su dimensión interior, ésa en la que habíamos creído, pero que con el cansancio del caminar habíamos olvidado. Esas experiencias. Pero he aquí que hay momentos especiales, con frecuencia inesperados, en que una luz prende en nuestro corazón, y los ojos mismos del corazón nos permiten ver mucho más lejos y mucho más hondo de lo que estábamos mirando has, verdaderamente místicas, nos permiten renovar nuestras energías, e incluso entusiasmarnos para continuar marchando luego, ya sin visiones, pero «como si viéramos al Invisible».
Todos necesitamos esas experiencias, como los discípulos de Jesús la necesitaron. Nosotros no podemos encontrarnos con Jesús en el Monte de la transfiguración. Necesitamos buscar nuestro monte particular, las fuentes que nos dan fuerzas, las formas con las que nos arreglamos para lograr renovar nuestro compromiso primero, siendo la oración, sin duda, el más importante
Por eso, queremos subir tras los pasos de Jesús al encuentro cotidiano con el Padre, para escuchar la buena noticia de que la luz de su ternura nos alcanza siempre. Pero, también ayudanos a bajar, como Pedro, Santiago y Juan, a los caminos de la historia, con el rostro radiante y la luz en las manos, para anunciar por todas partes, y actuar, la buena noticia de tu Reino.

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Entre actitudes soberbias y humildes

«…serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar…» Lucas 14,1.7-14

Nos volvemos a encontrar con una escena en el día sábado, y recordemos que Jesús viene dejando una alarma en el sistema de creencias, dado que la manera de interpretar y utilizar la ley cobra una nueva dimensión cuando Jesús prioriza la salud e integridad de las personas ante el mandato de guardar el sábado. Esta alarma hay que entenderla como el inicio de una desconfianza sobre aquello que no solo transmitía seguridad, sino que era indiscutible. Notemos que no se trata de una alarma por la presencia de armas, ejércitos o de algún acto de violencia; por el contrario, se debe simplemente al contundente acto de curar (acción que solo puede provenir de Dios), en público un día sábado, y ante los que insistían -desde sus lugares de poder- que debía respetarse el sábado antes que sanar a alguien. Lo que produce Jesús con la palabra y la acción, es poner en duda lo que se enseñaba sobre la ley. Es importante no confundirnos, no ponía en duda la ley, sino lo que se enseñaba de ella. Esa alarma o desconfianza que puede comenzar a tener el pueblo sobre la enseñanza de los fariseos, abre la posibilidad de reflexionar la finalidad que tiene la ley en medio de la convivencia del pueblo. Esa finalidad parece ir más allá de la mera repetición de actos y formalidades externas, que buscan tener una finalidad en sí mismas; en realidad lo relevante es el sentimiento que conduce a los actos. Veamos la parábola que hoy nos acompaña.
Pensemos en los sentimientos que anidan en el corazón de las personas de estos dos ejemplos: el que llega a una fiesta-banquete y busca los primeros lugares, y el que llega a una fiesta-banquete y busca los últimos lugares. Sin dudas son emociones diferentes que se manejan, tan diferentes que no pueden convivir en una misma persona, de hecho cada una de estas emociones o sentimientos conducirán a actos completamente distintos, por ejemplo uno llevará a comportamientos soberbios y otros a comportamientos humildes. El soberbio perderá de vista a los demás y por ende a sus necesidades, mientras que el humilde tendrá una captación de la realidad bastante m ás amplia. Pero no solo se trata de la captación de la realidad, sino de qué actitud o acción que se tomará en esa realidad. Al soberbio, por su poca percepción de los demás y sus necesidades, no se dispondrá a ayudar a alguien, sea sábado, lunes, miércoles o cualquier día de la semana. Mientras que la persona humilde estará predispuesta a ayudar en cualquier momento. Aquel principal de la sinagoga que se molestó porque Jesús curó en sábado (Lc 13,14), no hacía más que manifestar su soberbia, es decir su incapacidad de ver la necesidad de los demás por estar concentrado en una práctica externa, pretendiendo en ella una finalidad en sí misma. Jesús manifiesta humildad al poner en acto la curación, es decir la sensibilidad por la necesidad del pueblo. La ley tiene la finalidad de educar el corazón del ser humano, y si no es utilizada para ello no se la está respetando. Podemos recordar varias frases bíblicas que tienen que ver con esto: Misericordia quiero y no sacrificios, no odiaras a tu compatriota en tu corazón, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús dice que toda la ley depende de amar a Dios con todo el corazón, alma y espíritu, y al prójimo como a uno mismo. De modo que la ley pretende recordar al corazón humano qué es lo importante o la voluntad de Dios en nuestra convivencia: el amor. Un profesor de la facultad de Teología (José Míguez Bonino) escribió un libro de ética cristiana que se titula: ‘Ama y haz lo que quieras’; básicamente, si amas puedes hacer lo que quieras, dado que no serías capaz de hacer daño a nada y sobre todo a nadie.
Cuando hacemos “el bien”, no tenemos que hacerlo solamente a personas de las que sabemos que podremos recibir el mismo “bien”, porque automáticamente quedarán descartadas de la vista o percepción, muchas personas a las que no le haremos ningún bien porque son incapaces de retribuirnos. De esta manera no creo que corresponda definirnos como cristianos/as o hacedores del bien, seríamos tan solo negociadores de amistad, entre soberbios. Para pensar la propuesta que trae Jesús es pertinente ese dicho popular: ‘haz el bien sin mirar a quién’, dicho de otra manera: sé servicial, sobre todo con disposición a asistir -según tus posibilidades, dones, talentos, vocación- a las necesidades de los que están alrededor, de esta manera la realidad puede ser transformada, renovada, redimida (por el amor de Dios).

Fabián Paré (Red de Liturgia)

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Leer el Evangelio de Lucas: 1,39-56

En el evangelio, el canto de alegría de María que se proclama en el Evangelio se hace nuestro canto. Tenemos pocos datos sobre María en los evangelios. Los estudiosos nos dirán que, casi seguro, este cántico, el Magnificat, no fue pronunciado por María, sino que es una composición del autor del Evangelio de Lucas. Pero no hay duda de que, aun sin ser histórico, recoge el auténtico sentir de María, sus sentimientos más profundos ante la presencia salvadora de Dios en su vida. Es un cántico de alabanza. Esa es la respuesta de María ante la acción de Dios. Alabar y dar gracias. No se siente grande ni importante por ella misma, sino por lo que Dios está haciendo a través de ella.
"Proclama mi alma la grandeza del Señor". María goza de esa vida en plenitud. Su fe la hizo vivir ya en su vida la vida nueva de Dios. Hay un detalle importante. Lo que nos cuenta el evangelio no sucede en los últimos días de la vida de María, cuando ya suponemos que había experimentado la resurrección de Jesús, sino antes del nacimiento de su Hijo. Ya entonces María estaba tan llena de fe que confiaba totalmente en la promesa de Dios. María tenía la certeza de que algo nuevo estaba naciendo. La vida que ella llevaba en su seno, aún en embrión, era el signo de que Dios se había puesto en marcha y había empezado actuar en favor de su pueblo.
Más de una vez, en alguna dictadura, este canto de María se ha considerado como revolucionario y subversivo. Y ha sido censurado. Ciertamente es revolucionario, y su mensaje tiende a poner patas arriba el orden establecido, el orden que los poderosos intentan mantener a toda costa. María, llena de confianza en Dios, anuncia que Él se ha puesto a favor de los pobres y desheredados de este mundo. La acción de Dios cambia totalmente el orden social de nuestro mundo: derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. No es eso lo que estamos acostumbrados a ver en nuestra sociedad. Tampoco en tiempos de María. La vida de Dios se ofrece a todos, pero sólo los humildes, los que saben que la salvación sólo viene de Dios, están dispuestos a acogerla. Los que se sienten seguros con lo que tienen, esos lo pierden todo. María supo confiar y estar abierta a la promesa de Dios, confiando y creyendo más allá de toda esperanza.


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Evangelio de Lucas: 12, 32-48 "Estén preparados, con las lámparas encendidas"

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presenta el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.
La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).
El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.
La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.
La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio.

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Evangelio de Lucas - Capítulo 12, 13-21: Lo que has preparado, ¿para quién será?

LA VIDA NO DEPENDE DE LOS BIENES

El ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de estos peligros, que nos plantea este texto evangélico es el de la codicia.
A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.
Sus palabras son magistrales: “eviten toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia, querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación, techo... fruto de la comunión, de la solidaridad, nuevo nombre de la justicia, eso es el Reino, la Nueva Humanidad. Pero puede ocurrir que cuando tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos más. Este codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, bebe, pásalo bien...” normalmente, no hay quien pare ya el dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la acumulación de bienes?
La codicia de unos pocos o de unos muchos impide el desarrollo de los pueblos, y además es contagiosa: ¿por qué se me ocurre mirar a otros y compararme con otros para ambicionar más cada día? ¿por qué no se me ocurre mirar a los que tienen menos y que viven peor, para moverme a compartir con ellos? “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) No ambicionar nada más de lo necesario, agradecer lo que ya tenemos, lo que hoy se nos regala, ése es el espíritu del pobre. No son las posesiones las que nos dan la vida. Créelo. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Él es nuestra riqueza.”
Lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, sin disfrutarlo, sin compartirlo ¿de quién será? ¿para quién será? Todos conocemos personas avaras, con muchas riquezas materiales que viven andrajosamente, sin capacidad de disfrutar lo que tienen ¿son felices esas personas? NO. ¿Para qué vivir pendientes del tener, y no ser capaces de ser? Pensando sapiencialmente, ¿qué beneficios nos reporta esa actitud y esa ambición? A la altura de los tiempos actuales, esa actitud, no sólo es «amasar riquezas para sí y no ser ricos ante Dios», sino destrucción de la vida y del planeta. Todo lo que destruye la sociedad, la justicia, es disfuncional, no sólo para la sociedad, y la convivencia, sino para el «Buen vivir», para la vida. Enriquecerse en Dios, es vivir como Jesús: vivir confiados en las manos del Padre/Madre Dios, buscar el Reino-Utopía como lo más principal. «Lo demás vendrá por añadidura». Enriquecerse en Dios es amasar una única fortuna: la del amor, el favorecimiento de la vida, el descentramiento de sí mismo en favor del centramiento en el amor, las buenas obras con los más pequeños y desfavorecidos (Mt 6,19).